La marchita Primavera Árabe

La muerte en enero de 2011 del joven vendedor ambulante tunecino de 26 años Mohamed Bouazizi tras quemarse a lo bonzo frente a un edificio público en protesta por sus pésimas condiciones de vida y el trato recibido por las poco democráticas autoridades tunecinas fue el detonante de lo que vino en llamarse La Primavera Árabe.

Dejemos de lado las discusiones sobre si se quemó o fue un accidente, o si el movimiento comenzó antes como plantean algunos. Separemos el trigo de la paja. Lo importante es lo que vino después y que este suceso simplemente catalizó.

Túnez había sido durante más de 20 años un ejemplo de un estereotipo por desgracia muy frecuente: un dictador miembro o sostén de una élite privilegiada que explota sin remilgos para su propio beneficio a un país al que mantiene pobre e inculto para evitar que se amotinen.

Vamos, lo mismo que una democracia occidental pero de una forma más descarada y de manera vitalicia. Al menos nuestros dirigentes disimulan cuando tienen las luces para hacerlo y tienen un papel cada cuatro años en el que les damos una patente de corso para legitimar sus excesos. Solo que como ahora no hay muchos con luces y además no tiene nadie ni idea y algunos ni ganas de cómo manejar la crisis esta cruel deformación de la democracia resulta más evidente.

A diferencia de otros países en una situación similar, el ejército tunecino decidió apoyar al pueblo, y los tunecinos se libraron del dictador poco después. Lo que sirvió de ejemplo para Egipto donde su dictador vitalicio del momento vivía igual de bien que su ex vecino tunecino a costa de su pueblo. En poco más de un mes de revueltas tras el primer Día de la Ira, y con su imagen más visible en la plaza Tahrir lo que trajo el recuerdo de los sucesos de Tiananmen en China, Hosni Mubarak dimitió. Mubarak no fue tan listo como Ben Alí, y en lugar de refugiarse en otro país donde estén encantados de admitir a dictadores, asesinos y ladrones fue encarcelado.

Menos mal aunque es un error caer en la tentación la ley del talión (que por cierto no proviene de nuestros sagrados libros de recetas caducadas que son el Antiguo Testamento, el Coran o el Talmud sino del Código de Hammurabi, 1760 a.C.). Al hacerlo nos convertimos en lo que criticamos igual que los proletarios se vuelven capitalistas o los súbditos dictadores. Pero con el límite de los derechos humanos está bien que estos deshechos experimenten al menos una parte de lo que han infligido a los demás.

Si levantas la vista sobre la ya palideciente Primavera Árabe te darás cuenta de que parece haber un número proporcional de dictadores sin escrúpulos y de países dispuestos a aceptarlo. Bien para conseguir aliados geopolíticos como la Unión (?) Europea o Estados Unidos, bien para acoger el dinero robado como Suiza, bien para retirarse a gastarlo como Arabia Saudita, bien para comprarles su territorio para explotar las materias primas como China. Es la “versión país” del problema de fondo: siempre existirán ladrones y asesinos, la solución no es ir uno a uno y eliminarlos aunque eso ayuda como matar microbios ayuda a combatir la fiebre, el problema está en que los que nos creemos mejores les reímos las gracias si nos conviene.

Nosotros somos el problema.

Lo que en sí mismo supone que nosotros también somos la solución, ¿no?